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No camines sobre el dolor desc alza.

Caminar descalza sobre las baldosas frías era una de sus cosas favoritas. Sobre todo levantarse en la madrugada, a esa hora que no es noche ni dia, sino solo penumbra y caminar descalza. Cuando  todos estaban soñando profundamente con hadas, duendes o desastres, ella caminaba descalza. Caminar descalza se le hacia tan natural, sentía que eso si era tener los pies sobre la tierra. Cuando cumplió 8 años su madre le prohibió seguir caminando descalza a todos lados y la obligó a usar zapatos. Que cosa más incómoda.

Ahora caminaba descalza en la noche, escabulléndose de la cama donde el la acompañaba. El, con su barba de tres días y sus manos de pianista, la amaba. Ella lo veía desde la puerta de la habitación con una ligera sonrisa en los labios. Desafortunadamente, no lo amaba como el a ella. Desafortunadamente, porque el era un cielo, era todo lo que se imaginaba. El la adoraba, la hacia reir, la hacía soñar. Pero no lo amaba. Porque en su interior seguía caminando, descalza, la sombra de alguien más. Esa sombra debía haber desaparecido junto con su dueño, pero se negaba a desalojar ese espacio de su corazón. Caminó, descalza, hacia el lado de la cama donde el roncaba ligeramente. Apenas un mínimo sonido. Sonrió de nuevo. Era tan infinitamente dulce.

Sentada en el balcón de la ventana del estudio, extendió un pie hacia afuera.  Estaba todo tan oscuro, que parecía que su pie se dirigía a la nada, al espacio. Soñaba despierta con el día en que sintiera todo eso de nuevo y amara a este hombre que ahora dormía a su lado. Quería amarlo, de verdad quería hacerlo. Pero era tan difícil echar fuera a la sombra. Amar a alguien es algo que simplemente se da, no es algo que uno pueda invocar solo porque quiere. El corazón es así de caprichoso. Ama cuando se le da la gana, no cuando uno se lo solicita. El sabía, en el fondo, que ella no lo amaba de la misma manera. Y ella sabía que el lo sabía. Y el sabía que ella lo sabía. Y era una pequeña e invisible barrera de eterna tristeza entre los dos. Tristeza de el por sentirse insuficiente, tristeza de ella por sentirse culpable. Y la sombra que bailaba, descalza, en su interior.

La sombra pertenecía a un extraño. La sombra estaba siempre presente y nunca se iba. Sabía que un día este hombre, con su barba de tres días, desaparecería de su vida porque no podría luchar con lo que había dentro de ella. O quizás sería ella quien desapareciera. Se iría y dejarían de tomar café en el lugar de siempre, bueno…el tomaba café, ella té. Amelia realmente lo había intentado. Sabía que ella tenía esa sombra como eterno inquilino y quiso sorprenderla aquel día que los presentó. Fue una linda sorpresa. Disfrutaba tanto su compañía, disfrutaba caminar, soñar, dibujar, escribir con el a su lado. Con el, caminaba descalza. El, siempre tan dulce, con sus ojos de niño y su barba de hombre. El, siempre intentaba sorprenderla y lo lograba. La conocía tan bien, pero no demasiado. La conocía lo suficiente como para saber que ella no lo amaba.

Caminó descalza de vuelta a la cama. Esto no va más, se dijo a si misma. Se sentó en la orilla y balanceó los pies de arriba abajo, despacio para no hacer ruido y no despertarlo. Su corazón, siempre tan caprichoso, pegaba de gritos dentro de ella. La acusaba de engañarlo. Pero si no es un engaño, respondía. No es un engaño, en verdad lo quiero. Pero no lo amo. No podía. Se levantó de nuevo y caminó, descalza una vez más. Empacó lo que pudo, ya luego vuelvo por lo demás, se dijo. Camino descalza hacia la puerta, sigilosa y triste. Luego se puso zapatos, que cosa incómoda. Y se fue.

el reloj a la derecha.

La luz a través de la cortina anunciaba la madrugada. Estúpida época del año. Amanecía descomunalmente temprano, si mucho eran las 6 de la mañana. Estúpidas cortinas compradas en una tienda de segunda mano, eran sumamente simbólicas y transparentes. Es que sin ellas, parece que la casa tuviera los ojos perpetuamente abiertos, dijo su madre la última vez que vino de visita. Arturo se ríe de pensar que esto es una casa. Es un pinche apartamento de 3 ambientes madre, no te emociones, le había dicho. Su madre le tiró esa mirada de reproche que de seguro ya había patentado. Ahora el reproche se mezclaba con una dulce tristeza, la que invadía a todos desde que su padre había muerto hacía dos años. Pues esa era la cara que le hacía el ahora a la cortina pinche, con todo y la dulce tristeza que lo invadía desde que ella se había marchado. Salió de la cama y vio su reloj, puesto en la muñeca derecha. Se lo había puesto ahí para recordarse de algo, un viejo truco aprendido de alguna novia. No funcionó,  no tenía idea de que era lo que tenía que recordar. Bostezó. Estaba seguro que en algun momento de la mañana le tomaría por sorpresa el recuerdo.

Habia soñado con ella de nuevo, lo sabía en el fondo de su mente. Cuanto más intentaba recordar el sueño, más se le escapaba. Mientras se rasuraba, recordó que ella prefería su barba de tres días. Se detuvo con la máquina en la mano derecha, zumbando. Le encantaba como se sentía el roce cuando la besaba, le había dicho. Serás idiota, se dijo a si mismo. De que sirve la barba si ella ya no está, un par de pelos no la traería de vuelta. Terminó de rasurarse. Este sería otro día como tantos más, sin chiste ni fin, lo sentía desde el momento en que sacó el único plato disponible y abrió la puerta del refrigerador para prepararse el desayuno. Vacío. Mierda. Para eso era el reloj en la mano derecha? No, estaba seguro de que había sido para algo más significativo que un queso y un cereal. Le echo un vistazo al dichoso reloj. Mierda, ya iba tarde.

El aire estaba descomunalmente helado. Estúpida época del año. Después de tan solo dos cuadras, no sentía la nariz. Se apretó más la bufanda y apuró el paso, no podía permitirse perder el autobús. Estúpido clima de locos. No veía la hora de largarse de este país e irse a vivir a algun sitio donde no hubiera frio. El frío acentuaba las ausencias y alargaba las distancias. El frío solo le recordaba que ella se había marchado. Necesito espacio, había dicho. Pues vete a la porra, allá hay suficiente, le espetó el con todo el desdén que le fue posible en medio de su tristeza. La mirada de ella lo dijo todo. Arturo, eres justo lo que imaginé, acaso no lo entiendes? Pues no, no lo había entendido ni entonces ni ahora. Y probablemente no lo iba a entender nunca. Que tenía que entender? Que era todo lo que ella había querido y eso era malo? Que clase de estupidez era esa? Pasó frente a la cafetería. Cientos de tazas de café consumidas en ese sitio. Primero solo, muchas veces acompañado…pero fue hasta esa vez que ella pidió un te chai en lugar de café, que se dio cuenta que ella era diferente. Era tan raro encontrar a alguien que no tomara café; recientemente el mundo entero había decidido que era sumamente chic tomar café en cantidad. El lo hacía desde antes y le molestaba un poco que súbitamente hubiera una multitud de expertos baristas. Pero esa tarde ella había pedido un te chai de vainilla oriental. “El café me da dolor de cabeza,” explicó ella brevemente y eso fue todo. Sonrió con el recuerdo.

Durante el camino en el autobús, pensó que la personalidad de la gente podía descifrarse a través de sus zapatos. Era una idea ridícula de ella. Que lo primero en que se fija una mujer sobre la forma de vestir de un hombre es en sus zapatos. Rídicula idea, la verdad. Pensar que unos zapatos describían a una persona. Cualquiera podía comprarse cualquier tipo de zapatos. Los zapatos de su hermana! Mierda. Debía pasar a recogerlos luego del trabajo. Talvez para eso era el reloj? No, la boda de su hermana y toda la locura que conllevaba estaba muy presente en su cabeza como para dedicarle un reloj en la muñeca equivocada. Estaba seguro que no era eso. Los zapatos del tipo sentado en el otro lado del pasillo eran indescifrables. Probó de nuevo, ahora con la señora de enfrente. La señora tenía cara de ser una de esas con un perro mínimo lleno de histerias. Se dio cuenta que la observaba. Arturo hizo el intento de esbozar una sonrisa, le salió una medio mueca que se ganó la mirada de desprecio de la señora. Suspiró  y empañó el vidrio. Si ella estuviera aquí, le dibujaría un corazón en esa efímera nubecita. No seas idiota, se dijo a si mismo por segunda vez hoy y limpió apresuradamente el vidrio.

Al llegar al trabajo se dio cuenta que hoy era su día libre. Mierda. Había despertado temprano por nada, había corrido por nada, había respirado por nada. Otro día sin chiste y sin fin. Amelia, la secretaria general del periódico lo miraba con cara de compasión. “Si quieres, quédate aquí un rato”, le ofreció mientras señalaba el sofá de la recepción. No tenía sentido quedarse. Igual sabía que esa cara de compasión le seguiría a todos lados. Todos lo miraban con los ojos llenos de falsa simpatía desde hacia una semana. Amelia con más ganas que todos, la compasión alimentada por la culpa que sentía de haberle presentado a la causante de su desesperación. “Yo no me imaginaba que ella fuera a hacer algo como esto…lo siento Arturo…”, le había dicho. Pues si, para las mujeres era todo imaginar y dejar de imaginar, pensó el. Desgraciadamente su imaginación andaba de vacaciones desde hacía 24 años y el no podía sacarla de su mente.

Eran apenas las 10 de la mañana. Caminó hasta la zapatería para no olvidarse los zapatos. Su hermana se casaba este fin de semana y sus zapatos debían combinar perfectamente con el vestido, las flores, la alfombra, las nubes y la galaxia. Así que aquí estaba el, esperando al viejecillo de la zapatería, con el mísero consuelo de aquí nadie lo veía con falsa compasión. Solo había otra persona en la tienda, una muchachita de unos 14 años que mascaba chicle con una especie de furia. Tenía puesto un Ipod y movía su zapato al ritmo de cual fuera la melodía que sonaba a través de sus audífonos. Arturo suspiró. El viejecillo podría tardarse una eternidad, lo sabía. Esta era la zapatería a la que traía sus zapatos su padre, desde el principio de los siglos. Su hermana, en medio de su locura marital, insistió en que sus zapatos fueran arreglado ahí, que eso habría hecho su padre, aunque el lugar quedara lejísimos de cualquier otra cosa. Excepto del trabajo de Arturo, que conveniente! (eso había dicho ella cuando le impuso la tarea). Miró su reloj de nuevo. Si tan solo pudiera recordarse de lo que tenía que recordarse.

Al salir de la tienda enfiló hacia la cafetería de los eternos cafés y el te chai. Que carajo, no me importa, pensó Arturo. Pidió un te chai de vainilla oriental. No le gustaba, pero hoy andaba en ese humor de hacer estupideces. Pagó por su estupidez y se vio tentado a sentarse en la mesa de siempre. La tentación se vio truncada por una pareja que ya ocupaba el sitio. Suspiró de nuevo. Iba a quedarse sin aire. Se sentó junto a la ventana. Mierda. Odiaba sentarse aquí, sentía que el mundo entero podía verlo y este no era un día para ser visto. Este era el día de la estupidez. Puso la bolsa con los zapatos debajo de su silla y sacó un libro del bolsillo de su chaqueta. Era un libro pequeño, de poesía de alguien sumamente desconocido y remoto. El autor había sido amigo de un amigo o algo por el estilo y por eso resultó el asistiendo a una presentación donde le regalaron  el librito. Era buena poesía, de esa que parece que se la arrancaron desde dentro a quien la escribió. Si el cielo y los ríos se pusieran de acuerdo contigo…. Justo terminaba de leer la línea cuando la vio.

Salió corriendo, dejando atrás el libro, los zapatos, el te chai. No podía ser ella. Se había ido a otra ciudad, se había marchado para siempre porque el era justo lo que imaginaba! Pero su cabello, de ese tono rojizo tan único, era imperdible. Corrió entre una multitud frente a la iglesia. De donde salía tanta gente? Acaso no entendían que se le escapaba la causante de sus pesadillas y desesperaciones? Cruzó la esquina y la calle desierta lo recibió con un eco de sus pasos, como preguntando que quería ahí. Mierda. La había perdido. Serás idiota Arturo, se dijo por tercera vez. Seguro no era ella, ella se había marchado. “Arturo?”, escuchó una voz y sus ánimos subieron al cielo. No podía ser, no podía ser. Había pensado 47 veces que le diría si la volvía a ver, como le diría que dejaría de ser él para ser otro, alguien inimaginable para ella, que no fuera lo que él era. Si tan solo regresara y volviera a sentarse junto a el a tomarse el asqueroso té chai, si volviera a leer junto a él en su cama con la luz que atravesaba las pinches cortinas, si volviera a tomar su mano mientras reía bajo la luna cuando caminaban de regreso al apartamento de tres cuartos. Si tan solo volviera y le recordara que hoy era el aniversario de la muerte de su padre, que debía ir al cementerio y entonces podría quitarse el reloj de la mano derecha. Si tan solo… “Arturo?”. El volteó.

“Arturo, te vi salir corriendo de la cafetería, dejaste esto”. Amelia le entregó la bolsa con los zapatos de su hermana. “Debo regresar a la oficina…”, vio su cara de indiferencia desconsolada y preguntó “Arturo? Te ves algo pálido. Estás bien?”

siguiente.

Vamos a darle un descanso al árbol. Va el siguiente. Es cortito.

Parte IV

Si tan solo supiera como empezar. ¿Cómo empieza uno a desbaratar una casa, una historia, una vida? Mucho peor cuando no es solo una, si no varias historias y varias vidas. Era como una madeja de lana a la que cada quien le había echo un nudo diferente antes de irse. Y ahora le tocaba a ella sentarse a ver como desenredaba todos a la vez. Nudos de angustia, de miedo, de felicidad. Los de felicidad eran los menos. Cuando uno esta feliz no hace nudos. Nudos que hacían que quienes venían despues se enredaran y tropezaran. Así eran en esta casa. Hacíamos cada desbarajuste, pensó. Las “festividades”, entre comillas porque nunca fueron realmente festivas, eran las causantes de la mayoría de nudos. Las nostalgias acumuladas, más las tensiones de siempre, resultaban en una bomba que estallaba cada fin de año. La tía insistía, con sus impertinencias de todos los días magnificadas para esas fechas. Todo debía ser normal. Todos debíamos aparentar que nada pasaba, que eramos una familia perfectamente normal, no solo un trío de gente arrejuntada bajo un mismo techo porque no les quedaba opción.

Recibir invitados, escuchar cancioncitas ridículas y ver todo verde y rojo por semanas. Estupideces y desbarajustes. Y su padre tan ausente, o más, que siempre. Presente pero sin estar ahí. Su mente se había ido a Madrid junto con su madre. Ella, desde que vivía allá, tenía la sensación que un día iba a encontrarla y ni cuenta se daría. Iría caminando por la acera, apurada y con la mente en cualquier parte. Puede que hasta se toparan, se dirían ese “disculpe” tan indiferente que se comparte con los extraños impertinentes. Ninguna se reconocería, sus vidas unidas por 30 nanosegundos y….seguirían como si nada hubiera sucedido. Incluso podía ser que ya hubiese sucedido.

Parte III

Parecía que el árbol se reía de ella desde su lugar en el jardín. Bueno, eso ya no era un jardín. Era un pedazo de tierra lleno de monte. Las flores se habían rebelado y vuelto salvajes después de años de ser obligadas a ser todas del mismo alto y estar en filas rectas. Las mariposas se habían largado. Eso ya no era un jardín. Excepto por el inmaculado y sarcástico árbol que seguía igual que siempre. Solo cambiaba de color. Hacia ya tantos años desde la última vez que había venido. Bueno, 5 años no eran tantos pero se sentía como 10 siglos. Entonces era otoño y su padre había enfermado. Ella había venido a llevárselo, a recluirlo en una clínica en contra de la voluntad de él, de la tía, de todos. Es que era lógico, se excusaba a si misma. Era imposible que siguiera en esa casa. Se iba a morir así. Resultó al revés la cuestión. Dos meses en la clínica y murió. Era imposible que se curara de cualquier modo, se excusaba a si misma cuando las dudas la aparecían sigilosas cada noche. Todo era culpa de su madre la verdad. Culpa de ella era que estuviera ahora aquí parada jugando con las llaves sin animarse a empezar. Las llaves tenían ese olor a metal que la hacia recordar ese jarabe asqueroso que tenía que tomar cuando era pequeña. Era un suplemento de hierro porque estaba medio anémica. Medio anémica, medio esmirriada, medio muda. Así era. Y todo era culpa de su madre.

Parte II 

El árbol se mecía. Desde la ventana del segundo piso se miraba más grande que nunca. Venir a desempolvar y desenmarañar cachivaches no era su opción favorita para el fin de semana. Voy sola, no te preocupes, no es gran cosa. Así había evadido la compañía de su novio. No era necesario explicar los fantasmas que habitaban bajo ese árbol. Esos eran suyos, tenía la exclusividad de su tormento. Se había vuelto ella la única opción. No había nadie más que viniera a rescatar o destruir esa casa. Su única prima, tan lejana y subida de aires, vivía en Londres y nunca habría venido. Era ella la de la obligación tácita de subirse al avión desde Madrid y lanzarse para este lado del mar de nuevo. El viaje fue largo, tedioso, eterno. Las conexiones, los aeropuertos, la gente como hormigas que corren en todas direcciones sin fijarse en donde están, solo a donde van. Todo eso había resultado en esa mueca de fastidio que ahora tenía. Le fastidiaba lo verde del árbol, lo viejo del suelo, lo nuevo de las cerraduras y el juego de llaves que le había dado el ayudante antes de irse. Cambiamos las llaves le dijo antes de irse. Ya sabe, por si acaso. Por si acaso que? Se preguntaba ella. Quien querría robarse cualquiera de las cosas que había en esta casa?

el arbol de siempre.

Parte I

Solo cambiaba de color. La última vez que estuvo aquí era rojo. Ahora era verde. Se respiraba la primavera, así decían los poemas. Como se respira la primavera? Eso se preguntaba ella. Lo que respiraba aquí era  tensión y olvido. Regresar era siempre la última opción y ahora se había vuelto la única. El árbol la miraba amenazante. Hasta el brillo de la grama se veía amenazante. Sentía la hostilidad de este lugar, de esta casa hacia ella. Te fuiste, le decían. Te fuiste sin intención de regresar, le reclamaban. Y ahora se reían, ahora que la veían regresar con la cabeza baja, a intentar salvar lo último posible. Estaba en su oficina cuando le avisaron. Al principio parecía imposible que la tía hubiera muerto. Ese correo tan impersonal enviado por el ayudante fue leído 23 veces exactas hasta que la información caló. Finalmente estaba muerta. No era que la odiara, pero la mujer se había dedicado a hacerle la vida imposible. Durante los últimos 15 años. Al final de todo, recordamos el principio, recordamos instantes y se olvidan otros. Se recuerdan las emociones fuertes, las primeras veces, las últimas, pero las del medio se olvidan. No era este el caso. Su memoria cuasi fotográfica, ahora tan útil para el periodismo, había sido un tormento. Recordar cuando su madre se fue, en presencia pero no en espíritu. Recordar cuando su padre se fue, en espíritu y no en presencia. Y la tía como siempre, tan obstinada, tan omnipresente como el árbol y siempre haciéndole la vida imposible.

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