el reloj a la derecha.

La luz a través de la cortina anunciaba la madrugada. Estúpida época del año. Amanecía descomunalmente temprano, si mucho eran las 6 de la mañana. Estúpidas cortinas compradas en una tienda de segunda mano, eran sumamente simbólicas y transparentes. Es que sin ellas, parece que la casa tuviera los ojos perpetuamente abiertos, dijo su madre la última vez que vino de visita. Arturo se ríe de pensar que esto es una casa. Es un pinche apartamento de 3 ambientes madre, no te emociones, le había dicho. Su madre le tiró esa mirada de reproche que de seguro ya había patentado. Ahora el reproche se mezclaba con una dulce tristeza, la que invadía a todos desde que su padre había muerto hacía dos años. Pues esa era la cara que le hacía el ahora a la cortina pinche, con todo y la dulce tristeza que lo invadía desde que ella se había marchado. Salió de la cama y vio su reloj, puesto en la muñeca derecha. Se lo había puesto ahí para recordarse de algo, un viejo truco aprendido de alguna novia. No funcionó,  no tenía idea de que era lo que tenía que recordar. Bostezó. Estaba seguro que en algun momento de la mañana le tomaría por sorpresa el recuerdo.

Habia soñado con ella de nuevo, lo sabía en el fondo de su mente. Cuanto más intentaba recordar el sueño, más se le escapaba. Mientras se rasuraba, recordó que ella prefería su barba de tres días. Se detuvo con la máquina en la mano derecha, zumbando. Le encantaba como se sentía el roce cuando la besaba, le había dicho. Serás idiota, se dijo a si mismo. De que sirve la barba si ella ya no está, un par de pelos no la traería de vuelta. Terminó de rasurarse. Este sería otro día como tantos más, sin chiste ni fin, lo sentía desde el momento en que sacó el único plato disponible y abrió la puerta del refrigerador para prepararse el desayuno. Vacío. Mierda. Para eso era el reloj en la mano derecha? No, estaba seguro de que había sido para algo más significativo que un queso y un cereal. Le echo un vistazo al dichoso reloj. Mierda, ya iba tarde.

El aire estaba descomunalmente helado. Estúpida época del año. Después de tan solo dos cuadras, no sentía la nariz. Se apretó más la bufanda y apuró el paso, no podía permitirse perder el autobús. Estúpido clima de locos. No veía la hora de largarse de este país e irse a vivir a algun sitio donde no hubiera frio. El frío acentuaba las ausencias y alargaba las distancias. El frío solo le recordaba que ella se había marchado. Necesito espacio, había dicho. Pues vete a la porra, allá hay suficiente, le espetó el con todo el desdén que le fue posible en medio de su tristeza. La mirada de ella lo dijo todo. Arturo, eres justo lo que imaginé, acaso no lo entiendes? Pues no, no lo había entendido ni entonces ni ahora. Y probablemente no lo iba a entender nunca. Que tenía que entender? Que era todo lo que ella había querido y eso era malo? Que clase de estupidez era esa? Pasó frente a la cafetería. Cientos de tazas de café consumidas en ese sitio. Primero solo, muchas veces acompañado…pero fue hasta esa vez que ella pidió un te chai en lugar de café, que se dio cuenta que ella era diferente. Era tan raro encontrar a alguien que no tomara café; recientemente el mundo entero había decidido que era sumamente chic tomar café en cantidad. El lo hacía desde antes y le molestaba un poco que súbitamente hubiera una multitud de expertos baristas. Pero esa tarde ella había pedido un te chai de vainilla oriental. “El café me da dolor de cabeza,” explicó ella brevemente y eso fue todo. Sonrió con el recuerdo.

Durante el camino en el autobús, pensó que la personalidad de la gente podía descifrarse a través de sus zapatos. Era una idea ridícula de ella. Que lo primero en que se fija una mujer sobre la forma de vestir de un hombre es en sus zapatos. Rídicula idea, la verdad. Pensar que unos zapatos describían a una persona. Cualquiera podía comprarse cualquier tipo de zapatos. Los zapatos de su hermana! Mierda. Debía pasar a recogerlos luego del trabajo. Talvez para eso era el reloj? No, la boda de su hermana y toda la locura que conllevaba estaba muy presente en su cabeza como para dedicarle un reloj en la muñeca equivocada. Estaba seguro que no era eso. Los zapatos del tipo sentado en el otro lado del pasillo eran indescifrables. Probó de nuevo, ahora con la señora de enfrente. La señora tenía cara de ser una de esas con un perro mínimo lleno de histerias. Se dio cuenta que la observaba. Arturo hizo el intento de esbozar una sonrisa, le salió una medio mueca que se ganó la mirada de desprecio de la señora. Suspiró  y empañó el vidrio. Si ella estuviera aquí, le dibujaría un corazón en esa efímera nubecita. No seas idiota, se dijo a si mismo por segunda vez hoy y limpió apresuradamente el vidrio.

Al llegar al trabajo se dio cuenta que hoy era su día libre. Mierda. Había despertado temprano por nada, había corrido por nada, había respirado por nada. Otro día sin chiste y sin fin. Amelia, la secretaria general del periódico lo miraba con cara de compasión. “Si quieres, quédate aquí un rato”, le ofreció mientras señalaba el sofá de la recepción. No tenía sentido quedarse. Igual sabía que esa cara de compasión le seguiría a todos lados. Todos lo miraban con los ojos llenos de falsa simpatía desde hacia una semana. Amelia con más ganas que todos, la compasión alimentada por la culpa que sentía de haberle presentado a la causante de su desesperación. “Yo no me imaginaba que ella fuera a hacer algo como esto…lo siento Arturo…”, le había dicho. Pues si, para las mujeres era todo imaginar y dejar de imaginar, pensó el. Desgraciadamente su imaginación andaba de vacaciones desde hacía 24 años y el no podía sacarla de su mente.

Eran apenas las 10 de la mañana. Caminó hasta la zapatería para no olvidarse los zapatos. Su hermana se casaba este fin de semana y sus zapatos debían combinar perfectamente con el vestido, las flores, la alfombra, las nubes y la galaxia. Así que aquí estaba el, esperando al viejecillo de la zapatería, con el mísero consuelo de aquí nadie lo veía con falsa compasión. Solo había otra persona en la tienda, una muchachita de unos 14 años que mascaba chicle con una especie de furia. Tenía puesto un Ipod y movía su zapato al ritmo de cual fuera la melodía que sonaba a través de sus audífonos. Arturo suspiró. El viejecillo podría tardarse una eternidad, lo sabía. Esta era la zapatería a la que traía sus zapatos su padre, desde el principio de los siglos. Su hermana, en medio de su locura marital, insistió en que sus zapatos fueran arreglado ahí, que eso habría hecho su padre, aunque el lugar quedara lejísimos de cualquier otra cosa. Excepto del trabajo de Arturo, que conveniente! (eso había dicho ella cuando le impuso la tarea). Miró su reloj de nuevo. Si tan solo pudiera recordarse de lo que tenía que recordarse.

Al salir de la tienda enfiló hacia la cafetería de los eternos cafés y el te chai. Que carajo, no me importa, pensó Arturo. Pidió un te chai de vainilla oriental. No le gustaba, pero hoy andaba en ese humor de hacer estupideces. Pagó por su estupidez y se vio tentado a sentarse en la mesa de siempre. La tentación se vio truncada por una pareja que ya ocupaba el sitio. Suspiró de nuevo. Iba a quedarse sin aire. Se sentó junto a la ventana. Mierda. Odiaba sentarse aquí, sentía que el mundo entero podía verlo y este no era un día para ser visto. Este era el día de la estupidez. Puso la bolsa con los zapatos debajo de su silla y sacó un libro del bolsillo de su chaqueta. Era un libro pequeño, de poesía de alguien sumamente desconocido y remoto. El autor había sido amigo de un amigo o algo por el estilo y por eso resultó el asistiendo a una presentación donde le regalaron  el librito. Era buena poesía, de esa que parece que se la arrancaron desde dentro a quien la escribió. Si el cielo y los ríos se pusieran de acuerdo contigo…. Justo terminaba de leer la línea cuando la vio.

Salió corriendo, dejando atrás el libro, los zapatos, el te chai. No podía ser ella. Se había ido a otra ciudad, se había marchado para siempre porque el era justo lo que imaginaba! Pero su cabello, de ese tono rojizo tan único, era imperdible. Corrió entre una multitud frente a la iglesia. De donde salía tanta gente? Acaso no entendían que se le escapaba la causante de sus pesadillas y desesperaciones? Cruzó la esquina y la calle desierta lo recibió con un eco de sus pasos, como preguntando que quería ahí. Mierda. La había perdido. Serás idiota Arturo, se dijo por tercera vez. Seguro no era ella, ella se había marchado. “Arturo?”, escuchó una voz y sus ánimos subieron al cielo. No podía ser, no podía ser. Había pensado 47 veces que le diría si la volvía a ver, como le diría que dejaría de ser él para ser otro, alguien inimaginable para ella, que no fuera lo que él era. Si tan solo regresara y volviera a sentarse junto a el a tomarse el asqueroso té chai, si volviera a leer junto a él en su cama con la luz que atravesaba las pinches cortinas, si volviera a tomar su mano mientras reía bajo la luna cuando caminaban de regreso al apartamento de tres cuartos. Si tan solo volviera y le recordara que hoy era el aniversario de la muerte de su padre, que debía ir al cementerio y entonces podría quitarse el reloj de la mano derecha. Si tan solo… “Arturo?”. El volteó.

“Arturo, te vi salir corriendo de la cafetería, dejaste esto”. Amelia le entregó la bolsa con los zapatos de su hermana. “Debo regresar a la oficina…”, vio su cara de indiferencia desconsolada y preguntó “Arturo? Te ves algo pálido. Estás bien?”

el árbol de siempre IV

Parte IV

Si tan solo supiera como empezar. ¿Cómo empieza uno a desbaratar una casa, una historia, una vida? Mucho peor cuando no es solo una, si no varias historias y varias vidas. Era como una madeja de lana a la que cada quien le había echo un nudo diferente antes de irse. Y ahora le tocaba a ella sentarse a ver como desenredaba todos a la vez. Nudos de angustia, de miedo, de felicidad. Los de felicidad eran los menos. Cuando uno esta feliz no hace nudos. Nudos que hacían que quienes venían despues se enredaran y tropezaran. Así eran en esta casa. Hacíamos cada desbarajuste, pensó. Las “festividades”, entre comillas porque nunca fueron realmente festivas, eran las causantes de la mayoría de nudos. Las nostalgias acumuladas, más las tensiones de siempre, resultaban en una bomba que estallaba cada fin de año. La tía insistía, con sus impertinencias de todos los días magnificadas para esas fechas. Todo debía ser normal. Todos debíamos aparentar que nada pasaba, que eramos una familia perfectamente normal, no solo un trío de gente arrejuntada bajo un mismo techo porque no les quedaba opción.

Recibir invitados, escuchar cancioncitas ridículas y ver todo verde y rojo por semanas. Estupideces y desbarajustes. Y su padre tan ausente, o más, que siempre. Presente pero sin estar ahí. Su mente se había ido a Madrid junto con su madre. Ella, desde que vivía allá, tenía la sensación que un día iba a encontrarla y ni cuenta se daría. Iría caminando por la acera, apurada y con la mente en cualquier parte. Puede que hasta se toparan, se dirían ese “disculpe” tan indiferente que se comparte con los extraños impertinentes. Ninguna se reconocería, sus vidas unidas por 30 nanosegundos y….seguirían como si nada hubiera sucedido. Incluso podía ser que ya hubiese sucedido.