el balcón

Me senté en la orilla del balcón y encendí un cigarrillo. Había prometido dejarlo, pero se me hacía imposible. Sobre todo en estas últimas semanas, con todo lo que había sucedido. Parecía gorda jurando que el lunes iniciaba una dieta. A lo lejos veía las luces encendidas del antiguo cuartel militar. Mi abuelo acababa de contarme la historia del día que el Ejército irrumpió en su barrio, bajo excusa de buscar un refugio de guerrilleros. No lo encontraron, pero igual dejaron un río de sangre atrás de ellos al salir. Uno de los grandes amigos de mi abuelo se contaba entre los muertos. Él, hizo como si nada, vio los pies del cadáver, con calcetines negros y siguió su camino hacia la oficina la mañana siguiente. Si mostraba simpatía, podía ser el siguiente. Por dentro se moría de tristeza y de culpa, de sentirse cobarde e inútil. Enciendo otro cigarrillo. En serio, esto es un vicio. La ciudad me mira desde abajo pero también desde arriba. Un cuarto piso no es suficiente. Cuanta sangre ha sido derramada en este asfalto, para luego ser lavada y viajar por los drenajes, directo hacia el olvido. Ese mismo camino había recorrido la sangre de él. Aquel que yo había creído único. Aquel que me había logrado sacar de la espiral viciosa de autodestrucción en la que viajaba a toda velocidad. Yo, fotógrafa y escritora sin miedo, sin pelos en la lengua. El, ingeniero centrado y práctico. Yo, un torbellino de locura y él, un refugio de calma. O al menos eso parecía. Yo nunca fui de las que guardan las rosas así como él no era de los que escriben poemas. Ahora me ataca la consciencia y pienso que debí haberlas guardado. Después de haberme entregado en cuerpo y alma resulta que salen los fantasmas. Suspiro. La visita a mi abuelo y su terrible historia de hoy me había recordado aquella frase de “tus problemas son una mierda comparados con los del mundo”. Pues si, son una mierda, pero no son problemas. Son manos que me asfixian cada noche cuando intento dormir. El decía que las ansias de libertad se me salían por los ojos. Tengo ojos de loca, indiscretos, que me delatan siempre. Pero él sabía leerlos. Mi abuelo dice que mis ojos no son la ventana de mi alma sino su espejo. Estos ojos que se han vuelto tan valiosos, que han visto tanto y que se han unido a mi boca, ahora silenciosa. Estos ojos que ya han soltado más de tres océanos de lágrimas por él. Quién lo vio, nunca se imaginaría lo que había adentro. Yo apenas pude vislumbrar un poquito de esa materia oscura que lo habitaba. Esas lágrimas no me dejaron entender. Esas lágrimas que de seguro han seguido el mismo camino que su sangre, por los drenajes y directo hacia la nada. Pienso de nuevo en la historia de mi abuelo, también me invade la tristeza y la culpa, me siento más cobarde e inútil que nunca. Y encima, sola. Sin él. Se acaba el cigarrillo. Prometo que este si era el último. Me asomo más a la orilla del balcón. Casi puedo sentir el olor a sangre, me asomo más…

Anuncios