me hace falta que te desbordes
y que un poco de lo que derrames
le llegue a esta pobre necia 
que sigue, ante todo, 
conteniéndose en la nada. 

el balcon II

Me senté de nuevo en la orilla del balcon. Mi madre siempre me dijo que no hiciera esto, esto mismo que estoy haciendo ahora, porque le daba la sensación de que me iba a caer. Encendí otro cigarrillo. Alguien me había regalado un paquete en una fiesta y no había podido evitar volver a fumar. Eso de no decirle a nadie que estas intentado dejarlo es un arma de dos filos. Bueno, ya que mas da. No será esta semana. Igual esta semana lo necesitaba un poco. Esta semana se había decidido abrir juicio contra el viejo ese, el que fue Jefe de Estado y responsable de los ríos de sangre. Gracias  a sus acciones fue que mi abuelo decidió sacar a toda la familia posible del país, después de aquel incidente de ver a su amigo frío entre la sangre. Entre los que escaparon iba yo, que ni tenia consciencia de que era que. Para mi eran vacaciones. Teníamos el lujo de irnos en avión a un país mas al sur, en lugar de tener que salir corriendo durante la noche y caminar por cientos de kilómetros hacia el norte. El nuevo lugar era la pura vida, con sol y todo tranquilo. Lo único es que no conocía a nadie en la escuela a la que me mandaron. No conocía a nadie y todos se reian de mi acento. Y eso que vivimos diciendo que no tenemos acento. Fijese usted que resulta que si tenemos. Al final se me resulto pegando un poquito del acento de allá y a veces, según decía él, se me notaba. Sobre todo cuando me enojaba y me peleaba con alguien, o sea, con él en los últimos años. Miro hacia abajo por encima de mi hombro. Un perro callejero deambula, olfateando con curiosidad los botes de basura que hay en la esquina. Ya es tarde y no todos los faroles de esta calle tienen luz. Aún así, logro ver las jacarandas en flor, tirando pizquitas moradas al suelo ingrato.
Me termino el cigarro y digo no mas, me encierro en mi cuarto para no seguir. Me acuesto y subo los pies a la pared, soy un angulo recto. Para variar, yo, que siempre ando torcida. Mañana tengo que tomar unas fotos, de esas que hago para sobrevivir, y no tengo ganas. Unos quince a;os. A mis quince años yo me creía rebelde, no quise un vestido rosado ni coronita ni champán. Que carajos. Yo quería irme de viaje y después de mil berrinches de “rebelde”, logre convencer a la gente en mi casa. Luego tuve un noviecito de esos de 3 meses y renuncie al viaje por estar con el. Menuda estupidez la mía.  Al recordarlo no sé si me da risa o me da pena. Dichosos los tiempos en los que uno hacia como que sufria por amor. No tenia ni la más mínima idea de que era sufrir de verdad.
Años después sucedió la catástrofe de conocerlo a él. Ese día no tenia ni puta idea de que iba a pasar. Si me hubiera dicho alguien que iba a amar tanto a ese hombre de los anteojos torcidos, me habría reído. Pero por qué, si apenas logra hablarme sin tartamudear? Por qué? si yo tengo al mundo a mis pies y el no sabe ni donde esta parado? Pero el si sabia donde estaba parado, lo tenia mas seguro que yo. Yo, con mis flores en el pelo y la cámara en la mano y la cabeza en  sepa judas donde. Según yo, yo era libre. Ni sabia a la prisión que me estaba metiendo. La prision de tus besos, diria la cancion.  O no es eso una cancion? 
Sentía como toda la sangre se me iba de los pies a la cabeza, como lentamente perdía la sensibilidad en los pies. 
No era la misma de ahora, ya no uso flores en el pelo y aunque sigo con la cámara en la mano  ya se donde esta mi cabeza. Está ahí, con él, con mi corazón al lado hecho añicos. Mi cabeza es la que dice que lo supere, la que pone voz de madre prepotente y dice que ya estoy grande. Si fuera así de fácil. No puedo. No quiero. Siento que si lo “supero”, sería olvidarlo. Seria empezar a hacer como que no vi su sangre viajando como un hilo infinito hacia la alcantarilla de la esquina de la 32. Como que cada día que paso por esa esquina no me imagino la mancha escarlata ahí en el asfalto, junto a las jodidas jacarandas. Si lo “supero”, me odiaria, desde donde quiera que este. Desde ahi, estoy segura que me está viendo, espiando, que me esta diciendo que deje de portarme como vieja amargada y le hable de nuevo al mundo, que vuelva a tomar las fotos que me gustan, no solo las que me dan de comer.
No sabía a lo que me metía. Pierdo la sensibilidad en los pies, cierro los ojos y la tormenta llega a mi cabeza otra vez. Con su voz en vez del trueno. Con sus ojos en mis ojos de loca que suplican que se quede pero también que se vaya para siempre.