tres kilos.

sabía lo que quería

sabía lo que tenía

sabía que era suficiente

no ideal, pero suficiente

y con eso estaba bien.

luego llegó,

como si nada,

imperceptible

imperdible

-indispensable-

le inyectó tres kilos

de poesía

una sobredosis

de abjetivos

un colapso

de anhelos.

y entonces supo

que lo que quería,

lo que tenía

ya no era suficiente.

quería más.

quería lo impensable.

el correo.

Dejé de enviar cartas después de que él se fue. 
Había ido de viaje a un pueblito alejado de todo, así como tantos de este país, y compré una postal cursi. De esas que venden para turistas, con fotos de lagos al atardecer. La compré como broma, porque siempre le dije que si me iba bien, mis fotos terminarían en una postal para turistas. La compré, le escribí un mensaje más cursi todavía y la puse al correo. Pensé que tardaría mucho en llegar, que cuando la recibiera de seguro yo estaría con el, sentada en el sillón revisando la correspondencia. Nos reiríamos juntos de lo cursi que era todo y él me daría un beso en la nariz para luego pegarla en el corcho sobre su escritorio. Ese era el plan. Eso pensé cuando caminé alejándome de la oficina de correos. Una oficina de correos que era el reflejo puro de lo que era ese pueblo en su totalidad. La música ranchera anticuada sonando sin parar, en la pared un calendario de esos que llevan bendiciones y fotos de gatos y la señorita que te atiende mascando un chicle que ha de tener 3 días de estar en su boca. 
Poco sabía yo de como iba a encontrarme esa postal. Me encontraría hecha un fantasma de la chica que caminó por ese pueblo tomando jugos de frutas y acumulando energía solar. Me encontraría sentada, con una caja de chunches enfrente que debía ordenar. Me encontraría cuando mi amiga me dijera que habían hecho una última revisión del apartamento y que ahí estaba la correspondencia acumulada. Acumulada desde el jueves anterior, el último día que él había estado ahí para revisar el buzón. Habían pasado casi dos meses desde mi visita a aquella oficina de correos.
Fue la maldita gota que colmó el vaso de mi desastre. Dejé de enviar cartas y sobre todo, dejé de enviar postales cursis.