lágrimas sin sal.

“Si supieras las veces que lloré. Si supieras las veces que soñe. No regreses al pasado pero no olvides lo que fue. Suspiras, sonríes y sigues con tu vida. Mis palabras no tienen efecto en ti.”

La carta no terminaba en ningún momento. Parece que le habían arrebatado el papel y las ideas se habían quedado suspendidas en un espacio indefinido. Bueno, más que ideas eran sentimientos. Silencio tras el punto final. Al cerrar de nuevo el sobre, se abrían las dudas. Quién había sido él? Quién había amado tanto a su madre y porqué había sufrido de esa manera? Las flores se marchitaban al borde de la ventana. Sin querer, había encontrado este lado secreto de la vida de su madre, este lado que ella había escondido tan cuidadosamente. Miles de veces le había repetido “hija, ante todo, cuida tu corazón”. Pues ella parecía haber cuidado el suyo, pero roto el de alguien más. Le intrigaba que su madre pudiera ser una rompecorazones. Quien la veía, veía lo que ella quería que vieran. Nadie como su madre para preservar apariencias y cultivar impresiones. Si supieran que había sido la causante de los desvelos de un pobre desconocido. Su madre, que la había mandado a un colegio francés, que elevaba la ceja al ver una minifalda, que fruncía la nariz de pensar en un piercing… La había cultivado a ella cual arbusto en una maceta. Una maceta muy limitada, regida por sus ideas y prejuicios. No cruces las piernas, eso es de prostitutas. No silbes, eso es de prostitutas. No te pintes de rojo los labios, eso es de prostitutas. No se cuantas prostitutas conocía mi madre, pero parece ser que tenía un master en conocimiento de sus costumbres. Y así pasó mi niñez y adolescencia, con las piernas descruzadas, sin silbidos y con los labios desnudos. A final de cuentas, sirvió para darme una idea de disciplina que todavía conservo, pero la ridiculez de fondo de las recomendaciones también la conservo. Mi madre juzgaba a diestra y siniestra, sin importar si era su prima, el cartero, el presidente o la maestra de 6to primaria. Uno creería que ella nunca en la vida había dicho una palabra fuera de lugar, que nunca en la vida había volteado a ver a un hombre, que nunca en la vida había comido un pastel de chocolate a escondidas. Porque si, hasta los pasteles de chocolate eran sujetos de escrutinio. Ahora que, años después, me veía obligada a revisar  sus papeles para encontrar los certificados de salud, me encontraba con esa carta que desmoronaba toda la imagen que tenía de ella. Madre mía, quien eres entonces?

“Si supieras que esa noche se repite en mi cabeza miles de veces, cual escena de película de cine mudo. Dijiste que esto era para siempre, que nunca habría un adios entre nosotros. Pues cumpliste tu palabra Alma, nunca hubo adios; te largaste como si nada, con mi corazon en tus manos.”

La carta era la esencia del desconsuelo y el reproche. Hace años, tuve la sospecha de que mi madre nos ocultaba a todos un secreto, pero era ese tiempo en que uno tiene demasiada imaginación y deseché la idea con el tiempo. Yo tenía 8 años y había ido a clase de piano, mi madre había llegado por mi con media hora de retraso, algo sumamente extraño para ella. En esa media hora, yo había jugado con el gato de la maestra de piano, pensando que tal vez mi madre por fin había cumplido su amenaza de dejarme abandonada por ahí. No le era dificil decir abiertamente que yo era una decepción, que ella quería otro hijo, que tener hijas era una maldición. Mi hermano, 12 años mayor que yo, había decidido seguir “la vida santa”, recluyéndose a los 15 años en la religión y dejando a mi madre con un vacío de hombres en su vida. Esa vez, me asomé por la ventana y vi a mi madre en la esquina, hablando con un hombre. Tenía cara de fastidio, de querer difuminarse en sus alrededores y que nadie la viera, cosa imposible con su altura y su pelo rojo. El hombre, más alto que ella, vestido de manera elegante pero sencilla, daba la espalda hacia mi. Ella vio su reloj y se hizo a un lado, alejandose de él. Él le tomó la mano y la retuvo. Quién era este que se atrevía a tomar la mano de mi madre en plena calle? , pensé. Mi madre se soltó apresuradamente y, con mayor cara de fastidio, cruzó la calle y se alejó. Llego unos minutos después, con un humor pésimo y casi me arrastró del pelo hacia la casa.

“Recuerdas el día que fuimos a pescar? Tu pelo brillaba como nunca bajo el sol y te mirabas perfecta sentada en la arena. Se que sonríes y suspiras secretamente, pero nunca lo admitirás. Quién eres ahora, Alma?”

La carta no tenía fecha. La guarde en mi bolsillo y saqué mi teléfono para llamar a mi hermano. Buzón de voz. Para qué le permitían un celular si estaba eternamente apagado? “Sebastian, llama cuando puedas, mamá esta en el hospital. El doctor dice que es grave. Sabes que ella está siempre mejor si tu estás aquí.” Dos días antes,yo había llegado a visitar a mi madre. Podría decirse que había llegado a practicar nuestro deporte favorito: pelea de palabras. Hacia unos años, cuando me di cuenta que no me iría al infierno por usar un pintalabios rojo, me había largado de mi casa. Madre, esto es todo, te quedas sola con tu infierno imaginario. Había llorado luego, yo sola, sin que nadie lo notara. Encerrada en un mísero apartamento del centro que me había alquilado una amiga. Mis lágrimas, como siempre, sabían a dulce. No entendía porque todos decían que las lágrimas sabían a sal. Las mías siempre habían sido lo contrario. Cuando había contado eso por primera vez, mi madre casi me hace un exorcismo, diciendo que  eso era antinatural. Pero había aprendido a no llorar, sobre todo al pelearme con mi madre. La última pelea había sido por mi “estilo de vida de pecadora”. Si madre, soy una tremenda puta y me iré al infierno. Había llegado a buscar unos papeles a la casa, una caja con estampillas y mis últimos vestidos. Sebastian decia que mi madre y yo eramos demasiado parecidas y por eso peleabamos. Pfff…parecidas a que, no sé. El punto es que mi madre de repente, tuvo un ataque al corazón. Directo al hospital. Los vestidos quedaron olvidados en las gradas del salón.

“Se que mis palabras no tendrán ningun efecto en tí. No me olvido de tus ojos, pero no olvides tu los míos, no ignores la historia que escribimos juntos, pensando en un futuro interminable.”

Madre, aquí están los papeles. No, no llamaré al abogado, no te vas a morir. Eres una dramática.

El día que me largué de casa, Sebastian me llamó. Que tienes en la cabeza, como se te ocurre, vas a matar a nuestra madre de un ataque de cólera. Es que si no me iba, la que se iba a morir era yo. Igual nos veíamos, nos encontrabamos, esta ciudad no es tan grande y nuestros círculos se entretejían uno con otro. Cuando empecé la universidad, nos distanciamos simbólicamente, pero cuando la terminé, nos distanciamos literalmente. Eramos dos islas, similares pero distintas a la vez.

Madre, Sebastian no contesta su teléfono. Que sí, lo he intentado más de una vez. En mi bolsillo, la carta parecia ser fluorescente, siento que la verá a través de la tela de mi chaqueta. Siento que me delatará y mi madre se morirá de la pura indignación de saber que la he leido. Quien sea que fuera el autor de esa carta, no creo que quisiera que la hija de Alma la encontrara, tantos años después. Ese día que la vi, desde la ventana de la clase de piano, iba con el sombrero negro, con el peinado de siempre. Ahora en el hospital, seguía con el mismo peinado. De pequeña pensaba que mi madre había nacido con el pelo así, ya peinado. Quieres que te lea algo, madre? Yo se que mi voz no es como la de Sebastian, pero puedo intentarlo. Bueno, entonces…quieres tus agujas para tejer? Bueno, entonces podemos platicar. Silencio sepulcral.

“Si algún día volvemos a encontrarnos, veré hacia otro lado, lo prometo. No intentaré nada, no te dirigiré la palabra. Si tu supieras cuantas veces te he soñado y te seguire soñando. Si ese día, tu me miras, verás solo la sombra de lo que conociste.”

 

Y si un día de estos

exploto,

solo una persona

sabrá

el por qué. 

Y si un día

de estos

te sueño 

no habrán 

testigos. 

Y si un día

de estos

cierro los ojos 

y no los 

abro más 

no habrá

vuelta 

atrás.