Nos vemos.

Me detengo en el semáforo en rojo, brillando en contraste con el cielo. El cielo a esta hora, en esta época del año, que es de un azul como tinta, intenso y desteñido a la vez. Suspiro. Faltan pocos días para Navidad y no hay señas de que vaya a volver. Acordamos que hablaríamos después de su viaje, cuando regresara a la ciudad. Sin presión, sin ataduras. Ese parecía ser nuestro lema.

Aunque últimamente he pensado que tal vez las ataduras, las pequeñas, no son tan malas. Por lo menos te hacen sentir segura, sentir que no todo se irá volando. O eso me imagino. Estos días todo es fiesta a mi alrededor, fiesta en la oficina, en el vecindario, en las calles y centros comerciales. Fiesta y dulces y luces y todo brillante, brillante, brillante. Y yo con este humor, que de brillante no tiene nada. No soporto pensar que ya va a ser navidad y que él no vaya a volver. El año pasado parece un sueño lejano. Tan lejano que a veces dudo, y pienso que yo me lo imaginé todo. Porque no puede ser que todo haya cambiado tanto. Era este mismo cielo azul-tinta con la luna, chiquita, a lo lejos, que nos veía mientras caminábamos de la mano. Caminábamos sin rumbo, sin destino predeterminado. Nos dedicamos a nada y la nada nos devoró.

9 meses. Hace 9 meses nos asustamos. Yo tomaba las pastillas, teníamos cuidado. Pero aún así, algo no resultó según lo planeado. Era verano. Hacia calor, calor espantoso, pesado y húmedo mientras esperaba que la maldita prueba diera el veredicto. La vida cambiada por un chorrito de pipí. Se me revolvía el estómago del miedo. Y dio positivo. Se desató la guerra. Nos asustamos y el susto nos hizo darle vuelta a todo. Nos volvimos un par de desgraciados. Nos hacíamos daño sin siquiera estar cerca, achacando culpas y responsabilidades inexistentes. Creo que fue una señal. Sin presión, sin ataduras. Todo eso se fue al carajo. No había manera de hacer esto “sin ataduras”. No había manera de que no hubiera “presión”. Esto no era parte del plan. Así como vino, se fue. El susto se acabó. Se acabó y fue reemplazado por un vacío mudo e impenetrable. Y yo, me quedé muda e impenetrable. Había sentido tanto miedo, lo había rechazado con tantas ganas, que mi cuerpo me escuchó. No pudo. El sentimiento de estar vacía de nuevo, no se iba. No se quitaba esa sensación de que algo faltaba, algo (alguien?) que nunca siquiera conocí. Me quedé vacía, solo con un leve eco que sonaba a culpa y frustración. Llovía por dentro y por fuera. La lluvia se apoderó de la ciudad y de mí. Y de él, que se negaba a regresar, que ya no hablaba, que no quería ni tocarme a veces. Nos inundamos, nos volvimos un eterno pantano, oscuro y con olor a abandono.

Heme aquí, tantos días después. Después de haberlo intentado todo, viajes, aventuras, sorpresas, detalles, de todo. Esperando, esperando, esperando. Sin presiones, sin ataduras. Esperando que regresáramos a ser nosotros. A ser los que caminaban de la mano, los que se besaban en el cine, los que se enredaban en el auto al salir de noche. Nosotros. Pero qué difícil es regresar a algo que nunca existió en verdad. Que era puro aire, vapor. Lo intentamos, a veces con más fuerzas, a veces casi por inercia.

El semáforo da verde. El cielo ya no es azul tinta, se ve negro. Avanzo, escucho las bocinas de los autos. A esta hora es imposible avanzar. A esta hora y a cualquier otra, pienso, mientras siento de nuevo ese vacío en mí. Mi celular suena y suena dentro de mi bolso. No contesto. Quien sea que llama, desiste. Luego suena el ping! de un mensaje de texto. No lo veo. Sintonizo una radio cualquiera, solo necesito el sonido para dejar de escuchar el retumbo de mis pensamientos. Suena una estúpida canción repetitiva, con un beat electrónico que parece haber sido hecho para torturarme. Me detengo en el estacionamiento del supermercado, saco la lista del bolso y la reviso una vez más. Cosas cotidianas, insípidas y ridículas como limpiador de vidrios.

Me recuerdo del celular, lo busco, lo veo.
“Estoy de vuelta, nos vemos mañana?”.

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