mudanza.

Nunca me he mudado en realidad. Dejé una casa, para irme a otra. Dejé un pueblo para irme a una ciudad. Pero mis cosas se quedaron. Empecé de nuevo, con un par de cosas nada más. Mi cama, mis juegos, mis libros, quedaron en la otra casa. Están ahí mis diarios de adolescente, mis afiches de cantantes de la época, que ahora causan risa con sus peinados llenos de gel. Ahí están, cada vez que vuelvo, con la misma sonrisa, como una estampa inmóvil de mi infancia. Los miro y me recuesto en esa cama, donde lloré lágrimas de niña regañada, lágrimas de amiga sentida, lágrimas de las ridiculeces de los primeros amores. Aún están pegadas en el techo las estrellas que puse ahí, que brillan en la oscuridad, formando constelaciones que busqué en una enciclopedia. Desde la pared, un actor que ahora ya nadie contrata, me mira con sus ojos de un azul imposible. Me río de pensar en lo que pensaba cuando estaba en esta cama. Pronto me mudaré de nuevo, esta vez no habrá oportunidad de llevar mucho. El otro lado del mar está muy lejos. El de los ojos azules se quedará todavía aquí.