mudanza.

Nunca me he mudado en realidad. Dejé una casa, para irme a otra. Dejé un pueblo para irme a una ciudad. Pero mis cosas se quedaron. Empecé de nuevo, con un par de cosas nada más. Mi cama, mis juegos, mis libros, quedaron en la otra casa. Están ahí mis diarios de adolescente, mis afiches de cantantes de la época, que ahora causan risa con sus peinados llenos de gel. Ahí están, cada vez que vuelvo, con la misma sonrisa, como una estampa inmóvil de mi infancia. Los miro y me recuesto en esa cama, donde lloré lágrimas de niña regañada, lágrimas de amiga sentida, lágrimas de las ridiculeces de los primeros amores. Aún están pegadas en el techo las estrellas que puse ahí, que brillan en la oscuridad, formando constelaciones que busqué en una enciclopedia. Desde la pared, un actor que ahora ya nadie contrata, me mira con sus ojos de un azul imposible. Me río de pensar en lo que pensaba cuando estaba en esta cama. Pronto me mudaré de nuevo, esta vez no habrá oportunidad de llevar mucho. El otro lado del mar está muy lejos. El de los ojos azules se quedará todavía aquí.

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Nos vemos.

Me detengo en el semáforo en rojo, brillando en contraste con el cielo. El cielo a esta hora, en esta época del año, que es de un azul como tinta, intenso y desteñido a la vez. Suspiro. Faltan pocos días para Navidad y no hay señas de que vaya a volver. Acordamos que hablaríamos después de su viaje, cuando regresara a la ciudad. Sin presión, sin ataduras. Ese parecía ser nuestro lema.

Aunque últimamente he pensado que tal vez las ataduras, las pequeñas, no son tan malas. Por lo menos te hacen sentir segura, sentir que no todo se irá volando. O eso me imagino. Estos días todo es fiesta a mi alrededor, fiesta en la oficina, en el vecindario, en las calles y centros comerciales. Fiesta y dulces y luces y todo brillante, brillante, brillante. Y yo con este humor, que de brillante no tiene nada. No soporto pensar que ya va a ser navidad y que él no vaya a volver. El año pasado parece un sueño lejano. Tan lejano que a veces dudo, y pienso que yo me lo imaginé todo. Porque no puede ser que todo haya cambiado tanto. Era este mismo cielo azul-tinta con la luna, chiquita, a lo lejos, que nos veía mientras caminábamos de la mano. Caminábamos sin rumbo, sin destino predeterminado. Nos dedicamos a nada y la nada nos devoró.

9 meses. Hace 9 meses nos asustamos. Yo tomaba las pastillas, teníamos cuidado. Pero aún así, algo no resultó según lo planeado. Era verano. Hacia calor, calor espantoso, pesado y húmedo mientras esperaba que la maldita prueba diera el veredicto. La vida cambiada por un chorrito de pipí. Se me revolvía el estómago del miedo. Y dio positivo. Se desató la guerra. Nos asustamos y el susto nos hizo darle vuelta a todo. Nos volvimos un par de desgraciados. Nos hacíamos daño sin siquiera estar cerca, achacando culpas y responsabilidades inexistentes. Creo que fue una señal. Sin presión, sin ataduras. Todo eso se fue al carajo. No había manera de hacer esto “sin ataduras”. No había manera de que no hubiera “presión”. Esto no era parte del plan. Así como vino, se fue. El susto se acabó. Se acabó y fue reemplazado por un vacío mudo e impenetrable. Y yo, me quedé muda e impenetrable. Había sentido tanto miedo, lo había rechazado con tantas ganas, que mi cuerpo me escuchó. No pudo. El sentimiento de estar vacía de nuevo, no se iba. No se quitaba esa sensación de que algo faltaba, algo (alguien?) que nunca siquiera conocí. Me quedé vacía, solo con un leve eco que sonaba a culpa y frustración. Llovía por dentro y por fuera. La lluvia se apoderó de la ciudad y de mí. Y de él, que se negaba a regresar, que ya no hablaba, que no quería ni tocarme a veces. Nos inundamos, nos volvimos un eterno pantano, oscuro y con olor a abandono.

Heme aquí, tantos días después. Después de haberlo intentado todo, viajes, aventuras, sorpresas, detalles, de todo. Esperando, esperando, esperando. Sin presiones, sin ataduras. Esperando que regresáramos a ser nosotros. A ser los que caminaban de la mano, los que se besaban en el cine, los que se enredaban en el auto al salir de noche. Nosotros. Pero qué difícil es regresar a algo que nunca existió en verdad. Que era puro aire, vapor. Lo intentamos, a veces con más fuerzas, a veces casi por inercia.

El semáforo da verde. El cielo ya no es azul tinta, se ve negro. Avanzo, escucho las bocinas de los autos. A esta hora es imposible avanzar. A esta hora y a cualquier otra, pienso, mientras siento de nuevo ese vacío en mí. Mi celular suena y suena dentro de mi bolso. No contesto. Quien sea que llama, desiste. Luego suena el ping! de un mensaje de texto. No lo veo. Sintonizo una radio cualquiera, solo necesito el sonido para dejar de escuchar el retumbo de mis pensamientos. Suena una estúpida canción repetitiva, con un beat electrónico que parece haber sido hecho para torturarme. Me detengo en el estacionamiento del supermercado, saco la lista del bolso y la reviso una vez más. Cosas cotidianas, insípidas y ridículas como limpiador de vidrios.

Me recuerdo del celular, lo busco, lo veo.
“Estoy de vuelta, nos vemos mañana?”.

me quedo.

Me quedo con quien me da letras y risas y aventuras. Con quien me da la mano sin miedo. Me quedo porque creí que era imposible encontrar esto. Porque me había resignado a lo que parecía ser suficiente pero que dejaba siempre un pequeño vacío. Yo me quedo con quien se acerca y me mira y alcanza a distinguir todos los remolinos que llevo y me despeinan por dentro. Me quedo con quien no huye, pero no se acostumbra. Me quedo con quien está dispuesto a saltar y construir puentes a la vez. Yo me quedo con quien me busca y me encuentra pensando en él. 

sunrise.

I sneak a peek at him, carefully. He’s doing the paper’s crossword puzzle, like he does every morning. And he’s drinking tea, which is a new thing. I stretch my feet out towards him and know that he will automatically adjust so that they’re resting on his lap. I silently smile. I keep on reading. I have to finish reading these papers before the morning meeting. I sneak another peek. His brow is furrowed and his eyebrows seem to curl up in concentration. There’s no sun out today. Still got six more weeks of winter left. Through the window I can see the elm tree on the other side of the road, towering above all the others, shimmering with late snow. He’s grabbing my right foot now, and muttering something. That’s what he does when he can’t figure out a word. “Greek island…” is all I can make out. I snatch my foot away and kiss him on the cheek when I stand up. “Mykonos”, I say. He barely looks up and snaps his fingers. That was it. Oh the simple things. 

Alfonso.

Alfonso ya se va a morir. Está grave. De verdad, te lo digo yo, ya se muere. Vení a visitarlo, por caridad aunque sea.

Y vamos a visitarlo. Me quedo afuera, espero, alguien más lo visita. No me gusta visitar a gente enferma, menos en su lecho de muerte. Resulta que si, Alfonso ya se va a morir. Me asomo a la puerta y se le mira terriblemente mal. Ojalá yo nunca esté así. Ojalá me caiga un piano de un séptimo piso y no sienta nada y me muera de un solo.

Dos meses después.

Alfonso ya se va a morir, ahora si. Te juro que está peor que nunca. Vení a verlo.

Vamos de nuevo. Resulta que si, Alfonso está aún peor que hace unos meses.  Que terrible. No sé que enfermedad lo aqueja, pero ojalá se muera pronto, así deja de sufrir. Platico con el durante dos minutos, máximo. Apenas puede hablar.

Cuatro meses después.

Alfonso ya se va a morir. Es un milagro que siga vivo, en serio. Pero estos si son sus últimos días. Vení a verlo.

Ahí está Alfonso, todavía en su “lecho de muerte”. Ya lleva casi un año muriéndose. Llego por deber, porque siento que puedo escuchar la voz de mi abuela diciendo que visitar al enfermo es un acto de la más pura caridad. Hablamos. No sé si soy yo, pero me parece que hasta habla mejor que antes. Me despido, por tercera vez. Será que la tercera es la vencida?

Dos meses más.

Alfonso ya se va a morir. Ya no fui a verlo. Tenía compromisos de trabajo y nada, la última vez lo había visto tan bien que ni me siento culpable.

Una semana después.

Me llaman. Alfonso ya se va a morir.

Digo que no iré. Sos una ingrata. Pobre Alfonso, si lo duro que ha sido para el aceptar que se le va la vida y vos ni te dignas a visitarlo un par de minutos.

Otra semana.

Me llaman.

Alfonso se curó milagrosamente. Casi que hay fiesta en el pueblo.

Entonces sí, voy a visitarlo. Se le ve desconcertado. Ya se había hecho a la idea que se iba a morir. Ahora no sabe que hacer. A su alrededor, todos tienen la misma cara. Creo que todos tenían ya pensado que se iban a poner para el funeral. Ya todos estaban resignados.

Tres días más.

Me llaman.

Alfonso se suicidó. 

intergaláctico

tomarte la mano

es sentir 

lo infinito 

lo emocionante

las galaxias

en la

punta de mis dedos. 

tomarte la mano 

es saber

que lo 

desconocido 

puede ser 

terrible

pero no 

ganará.